Un diplomático no sabe que esperar cuando ha de venir a un congreso internacional en un país petrolero latinoamericano que tiene el privilegio de tener el Caribe al frente. El hombre enflusado ya siente el sol radiante por la venta y al bajar del avión siente por unos instante la calurosa humedad que lo espera.
Un aeropuerto remodelado, pulcro y lleno de funcionarios y militares armados lo esperan en inmigración. La bulla del movimiento de gente afuera, se escucha a distancia. Sin duda, en el primer mundo no nos encontramos. Pero hasta ahora, la atención ha sido cordial y la impresión es positiva.
De lujo se moviliza el diplomático de Maiquetía a Caracas, en una gran blazer de ocho cilindros con asientos de cuerdo. La velocidad a 110 km/h no se siente con el cilindraje, y fugazmente vemos que existen un pasillo de banderas del país colgadas en el camino. Pocos automóviles en la carretera, la entrada a unos túneles están blancas. El diplomático considera por un instante la prudencia de un gobierno de distribuir parte de su ingreso en infraestructura.
No obstante, al salir del segundo túnel su impresión cambia. Las estadísticas no engañan al ciego…y un cautivador discurso no debe engañar al pueblo de la imagen de pobreza a su alrededor.
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